MISIVA A JUAN
Eres, Juan, para mí, ese desconocido que aún llamando a mi puerta reiteradamente no has sido invitado a traspasarla.
¿Por qué? No me preguntes pues respuesta no tengo. Tal vez no escogiste el momento o tal vez yo no supe intuirlo.
Sólo decirte puedo que muchas fueron las veces que de ti oí y mis oídos fueron sordos a escuchar tu deliciosa expresividad la cual, sin duda, me hubiera impregnado de tu virtud y misticismo de los cuales he sido sabedora en muchas ocasiones de mi ya gastada vida.
¿Sabes lo que es un nombre? Sin duda, sí. Pues eso has sido para mí durante todo este largo tiempo. De ti leí los versos breves y obligados de mis tiempos de estudiante y no contacté contigo después nunca más hasta ahora, en este taller al que me he unido porque así tenía que ser, pues tampoco puedo darte una razón concreta. Sé que en él me hallo asimilando lo que un sencillo profesor regurgita de lo más hondo de mi memoria en la que permanecía adormecido mi aprendido y lejano saber.
No soy lectora de versos ni lo he sido aunque me repita en ello, pero es que eso es lo que me causa asombro pues de poco tiempo a esta parte siento, tengo más bien la intuición de escribir y, en haciéndolo a ratos, me di cuenta de que involuntariamente mi escritura fluía hacia los versos siendo este modo el que mejor se me ofrecía para la expresión de mis sentimientos. Después, poco a poco, como un suave remanso de agua esta forma se ha ido aposentando en mí vaciándome de sentires, unos buenos y malos otros, que habían buscado refugio en mi intelecto sin que hubieran necesitado mi permiso para ello.
Y así es, Juan amigo –bien te quisiera ahora a mi lado- como me he reencontrado con mi vida, esa que transcurre sin apenas apercibirnos de ella y de la que evoco ápices casi olvidados, los cuales me pertenecen y que sin embargo parécenme ajenos cuando los trascribo al papel y, siento que me llegan transformados aquellos momentos que no quisiera recordar por mejor no haberlos vivido y, en cambio, hay tantos que desearía volver a vivir... pararme ante ellos y darles órdenes de que de mí no se alejen, que se queden conmigo por siempre y para siempre. Y todo esto te lo escribo pues de tu discreción segura estoy, que no en vano, Juan, te hicieron santo, aunque creo que eso sólo es un reconocimiento pues nadie hace santo a otro, sino que la santidad la lleva innata quien la tiene, que no es un regalo que se otorga porque sí.
Juan, me he sentido un poco triste escribiéndote pero ha sido sólo una debilidad de mi espíritu que ya ha pasado pues, en este instante empiezo a sentirme renovada. Ya me siento conforme conmigo y con mi vida; es la mía, y nadie me la puede usurpar. Y así, Juan, -ahora te puedo decir querido, pues como a un amigo te he tratado- continuaré viviendo cada día como un maravilloso regalo, y es que lo es; el mejor. Nadie lo puede superar. Nadie. Solo Quién a ti te guarda.
Y, en tanto, cuando la pereza que en mí hay sacudir pueda, escribiré algo que de mi fe brote, no por emularte, sino porque siento esa necesidad de expresarme.
Gracias por haber entrado en mi casa al fin.
Hasta pronto, Juan
Con cariño
Carmen
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