viernes, 15 de noviembre de 2013

No valgo la pena



           No  valgo  la  pena

Señor, heme aquí, confusa y corta de ideas.
     Queriendo hablar Contigo sin palabras me hallo
y al escrito recurro en busca de respuestas
que a Ti acercarme puedan.
     Me siento con ese sabor amargo
que dejan las cosas mal hechas
y es que, aún sabiendo qué senda seguir
que tras de tus huellas me lleve,
no decido ir tras de Ti
pues es difícil emprender la ruta
que para continuar Tú me inculcas.
     Desde siempre en mí Te siento.
     Te escucho, me susurras bien dentro
y, sabiendo que es tu voz la que escucho
me empeño en ignorar quién se dirige a mí.

     Si es que ya lo sabes, Señor,
que incapaz de seguirte soy...
     Solo quiero vivir tranquila, sin ataduras.
     Hay muchas necesidades a las que acceder pudiera,
con sólo un poco de tiempo cada día,
cuánto bien haría si quisiera...
     Pero es que no quiero, ya lo sabes,
y si lo sabes tan bien, pues me conoces,
¿por qué ese empeño en tocar a mi puerta
sabiendo que a Ti no se abre?
     Por poco que a mi lado mires
has de ver a tanta gente
dispuesta a obedecerte, por amor,
no por obligadas leyes.
     Yo no puedo; me gusta la vida cómoda;
sentirme tranquila, serena, ociosa,
sin nada que a mí me agobie...
     Es que no puedo Señor, de veras;
soy de condición humana pobre.
     Déjame Señor mío, Te lo ruego.
     ¡Déjame! Muéstrale a otros tu vereda,
a alguno que con celo tu llamada espera.
                                           Háblale, seguro que él Te acepta            

                                                              *****

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