No valgo la pena
Señor,
heme aquí, confusa y corta de ideas.
Queriendo hablar Contigo sin palabras me
hallo
y
al escrito recurro en busca de respuestas
que
a Ti acercarme puedan.
Me siento con ese sabor amargo
que
dejan las cosas mal hechas
y
es que, aún sabiendo qué senda seguir
que
tras de tus huellas me lleve,
no
decido ir tras de Ti
pues
es difícil emprender la ruta
que
para continuar Tú me inculcas.
Desde siempre en mí Te siento.
Te escucho, me susurras bien dentro
y,
sabiendo que es tu voz la que escucho
me
empeño en ignorar quién se dirige a mí.
Si es que ya lo sabes, Señor,
que
incapaz de seguirte soy...
Solo quiero vivir tranquila, sin
ataduras.
Hay muchas necesidades a las que acceder
pudiera,
con
sólo un poco de tiempo cada día,
cuánto
bien haría si quisiera...
Pero es que no quiero, ya lo sabes,
y
si lo sabes tan bien, pues me conoces,
¿por
qué ese empeño en tocar a mi puerta
sabiendo
que a Ti no se abre?
Por poco que a mi lado mires
has
de ver a tanta gente
dispuesta
a obedecerte, por amor,
no
por obligadas leyes.
Yo no puedo; me gusta la vida cómoda;
sentirme
tranquila, serena, ociosa,
sin
nada que a mí me agobie...
Es que no puedo Señor, de veras;
soy
de condición humana pobre.
Déjame Señor mío, Te lo ruego.
¡Déjame! Muéstrale a otros tu vereda,
a
alguno que con celo tu llamada espera.
Háblale, seguro que él Te acepta *****
No hay comentarios:
Publicar un comentario