sábado, 28 de diciembre de 2013

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     Señor, anoche, ¡qué desasosiego!
     Unas imágenes tan crueles de humanos contra humanos,
¿cómo podría pensar en ellos como hermanos?
     Solo podía repetir incansablemente
¿Por qué somos tan malos? ¿Por qué somos tan malos?
y esta pregunta me martirizaba
mientras me preparaba para la cama.
     Pensando en ello me amparó el sueño
sin saber si en ello, en mi dormir, seguí insistiendo.
     Al otro día mi mente y mi corazón se clarificaban
al convencerme de que los buenos son muchos más
aunque sus acciones también son más silenciadas.
     Tú Señor que por todos velas,
qué sabes de nuestras cortas entendederas
nos has de poner las cosas más sencillas
para poder asimilar tanto desconcierto,
sucediendo incansable en nuestro devenir:
¡Tantas guerras! Las declaradas y las soterradas.
     Tantas hambrunas y tantas pieles agrietadas por la sed,
cuerpos semidesnudos o, recubiertos de ropas de cien usos
desechadas por los consumistas desmedidos, -yo me incluyo-
habitáculos inmundos declarados como hogares,
escolares escribiendo sobre el desnudo suelo, con anhelo,
ejemplo son para nuestros pequeñuelos,
ignorantes del valor de un solo lápiz o cuaderno.
     ¡Hospitales! Chamizos en medio de la nada
con colas interminables de personas en espera de atención
que no siempre alcanzan ¡Son tantos para tan pocas manos!
 
                                                   Los profesionales han estudiado mucho
sin tener por fin esos perdidos destinos.
Los voluntarios, por tu amor o el amor a los demás,
¿Acaso no es lo mismo? Tú estás en ellos
y es ese conocimiento el que estimula mi esperanza,
saber que hay muchos que transmiten tu mensaje
silenciosamente, pero Tú los oyes en medio del silencio
desgarrador de su conformidad, de su espanto, de su tesón;
es por eso Señor, que hoy, en un ahora interminable
por todos ellos te ruego -con la seguridad de que me oyes-
para que no dejen de dar fruto, los que ayudan
y los necesitados de esa ayuda que aunque insuficiente
es grandiosa y encomiable, estás en todos ellos.
     ¡Si fuera capaz de seguirte, Señor! Se me escapa el tiempo
y no voy más allá de reconocer lo lejos que de ti me hallo,
lo pétrea y fría de mi proceder ante los males actuales
ya que colaboro apenas en su disolución.
     La información nos alcanza incansable, nos abruma,
mas no podemos dar de lado a las noticias de cada día
a pesar de que algunas veces nos sangre el corazón,
porque a las víctimas les sangran mucho más;
ríos de sangre roja, auténtica, corren por las calles
por la maldad del hombre derramada.
     Ayúdanos Señor, en Ti está nuestra esperanza.
    
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