Rayos de Amor
Dios, Tú eres mi sol de amor.
Tus rayos me acarician como una brisa marina,
suaves, agradables al amanecer
y los he sentido en su ocaso cuando son tan bellos
y me inflaman el corazón
pero he de decirte, aunque lo sabes,
que he huido de ellos, bueno, mejor,
me he cobijado bajo mi sombrero, mi sombrilla opaca
para no sentirme acariciada por ellos.
Recibirlos me implica a sentir tu amor
y saber lo que de mí requieres:
mi renuncia a lo que me mantiene tibia ocultándome de Ti
como si así no tuviera el compromiso de aceptarte y complacerte,
siendo, una leve hija responsable de lo que me pides,
eso, lo que Tú y yo sabemos,
eso que me instiga a protegerme de Ti.
Mi sombrero de paja de tus rayos amorosos me protege
pero, dejan resquicios por los que pasan y los siento,
por eso no me quedo fría del todo,
por eso mantengo mi encrucijada:
me quito el sombrero, o no.
Me dejo calentar por tus rayos o me alejo a ese lugar de sombras
donde no me alcances con tus destellos de amor.
¿Ves cómo me siento, Dios?
Me siento mal porque alejándome de tus rayos me sentiría bien
pero, en mí mantengo esa incertidumbre, esa indecisión.
¡Mentira!
No es indecisión, es deseo. Eso es. Deseo
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